miércoles, 13 de enero de 2010

Las Sirena por Fedro Carlos Guillén

–Patrón, venga a ver lo que agarramos.

Los motores del atunero ronroneaban afónicamente.

“Co-ño”, pensó el capitán Incháustegui, “otra vez esa mierda con los delfines. Media mañana pérdida.”

La tripulación del Jaen había suspendido por completo su trabajo. Todos contemplaban el cerco tendido por la inmensa red que escurría agua por todas partes. Cientos de peces se agitaban produciendo un chapoteo gigantesco. En el centro de la trampa destacaba la inconfundible silueta de una figura humana de largo pelo lacio y un par de pechos incomparables (“como dos melones con fresa, cuñao”, contaría años después el grumete Casimiro Lara.)

Ulises Incháustegui, de oficio capitán, observó la escena y acto seguido perdió el aliento. No era para menos; hallar una mujer sin chichero dentro de una red de arrastre a trescientos kilómetros de la costa es sin duda un hecho prodigioso, pero si añadimos a esto que del ombligo hacia ¿los pies? el citado hallazgo posee, en lugar del esperable par de piernas, una brillante prolongación caudal escamosa, el asunto rebasa cualquier límite imaginable.

–¡Co ño, co ño, coño!, ¡una sirena!

Ante el comprensible pasmo que la visión produjo en el contramaestre Risquez, el capitán, procediendo con la energía acostumbrada, ordenó que se izara cuidadosamente la red. La sirena mientras tanto permanecía completamente inmóvil, vigilando atentamente los movimientos del patrón de la nave.

El procedimiento tomó una larga hora debido al cuidado empleado en realizarlo. Los tripulantes se codeaban curiosos (“¿Tendrá hoyo compa?”), contaban historias.

–Manatí una chingada –respondió decidido el marino Andrade ante la torpe insinuación que en ese sentido vertiera su compadre Godoy–. ¿Qué no le mira la cara?, no sea pendejo, compadre –agregó mientras el cuerpo de la discordia era depositado suavemente sobre cubierta.

El rostro era bello, armonioso, nada en su semblante delataba temor. Parecía tener ojos sólo para Incháustegui, quien, francamente incómodo, ordenó:

–¡A mi camarote!, también quiero tres baldes grandes de agua y una frazada. No, no, olviden la frazada.

Toda la mañana permaneció Ulises Incháustegui encerrado con la sirena. Cuando salió, su semblante se había transformado. Se notaba rigidez en sus facciones curtidas por una vida en el mar. Con paso lento, se dirigió hacia la proa de la nave y atacando su pipa con tabaco maple se sentó a observar el horizonte.

Nadie se atrevió a molestarlo. Sin embargo, al caer la tarde, la curiosidad venció al recelo y los hombres jugaron a suertes la tarea de hablar con su capitán. Correspondió al marinero Orduña la ingrata misión, se arreó un fajazo de ron y plantándose frente a Incháustegui dijo en un hilo la voz:

–Capitán, mi capitán, disculpe que venga yo aquí a disturbarlo, pero es que los muchachos y yo queremos saber qué ha pasado.

–¿Qué ha pasado de qué Orduña? –estalló seca la voz.

–Con usted, con la señora esa... o lo que sea.

–Mire, Orduña, yo siempre he sido un buen capitán, ¿verdad?

–Sí, señor.

–Los he tratado bien a todos, como amigos.

–Sí, señor.

–Bueno, en nombre de esa amistad le voy a pedir que no me pregunte nada más sobre esto que ha pasado aquí hoy, ¿de acuerdo?

–¡Pero!

–¿De acuerdo? –La pregunta no admitía más réplica.

–Sí, señor –concedió finalmente Orduña retirándose.

La tripulación entera permaneció en vigilia, discutiendo lo que debía hacerse. Al alba, don File, el cocinero, subió al puente gritando:

–¡Vengan, vengan todos!

La corriente humana se dirigió en la dirección indicada por Filemón. El camarote del capitán estaba vacío, todo en orden pero vacío, ni rastro siquiera de Ulises o la sirena.

Por orden del segundo, el barco viró y rehizo el rumbo, pero nunca se les volvió a ver ni vivos ni muertos.

Todavía hoy, si se visitan los portales alrededor de las tres de la tarde, se pondrá encontrar a Honorato Orduña dando pasos con la mirada perdida y un destino irremediable de mendigo. Sin embargo, basta una botella de ron para que cuente esta historia ofreciendo detalles sorprendentes (el día, la hora, las ropas que llevaba Incháustegui). Por cierto, en su relato –que yo escuché un atardecer de noviembre– se advierte nostalgia y admiración por una historia que –resulta evidente al oírlo hablar con los ojos inyectados pero lúcidos– tiene que ver con el amor y no con viejas fantasías marineras.

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