miércoles, 13 de enero de 2010

#tuitrelato en crudo

Patrón, venga a ver lo que agarramos. Los motores del atunero ronroneaban afónicamente. Carajo, pensó Incháustegui. Incháustegui se acercó con el atunero era increíble lo que veía esa cálida tarde en la costa había traído al atunero con 36 hombres. Decidió no regresarlo al mar, calculó rápidamente y en silencio el tamaño de la osadía antes de gritar.

Con ojos nublados reprochó su distracción de pensar en la eternidad cada domingo. La cruda realidad la tenía frente a sí: la inevitable sensación de matar para vivir. La criatura era imponente, bella y luchaba con todo para liberarse, pero no podía dejarla ir. Estaba librando una doble lucha, la física y la interna, y aún cuando era corpulento y podría vencerla, deseaba soltarla y así lo hizo.

El mar vio con sorpresa la reacción humana ante la debilidad de su criatura, sin embargo la naturaleza ya preparaba castigo. Muy pronto se dio cuenta que había cometido un grave error; la desgracia se cernía sobre él y sintió que las fuerzas lo abandonaban. Una gran ola engullía el atunero. A pesar de los intentos que hacían por mantener a flote la embarcación, ésta volcó arrojándolo en el espumoso caos.

Por un instante se miró en los ojos del asediado animal y entendió lo que ese día temprano le había dicho su padre -Mijo, cada hombre siempre encuentra la bestia y la ola a su medida. Ponte abusado.- Y prendió un cigarro. El pescador sabía que el tiempo se le estaba fugando, quería aferrarse a la vida y sacó fuerzas desde sus entrañas, logrando reconocer que la bestia representaba el gran temor que desde niño había sentido por la inmensidad del mar que la bestia era en si el derrotero a su nuevo horizonte: plenilunios -acaso perennes- que sus ojos volverían a gozar una vez que emergiera de esa última prueba de su equivocada vocación, si le ayudaban la fuerza y la suerte de salir vivo volvería a su bañera cuando inicio el ataque repentino de la bestia despertó y se dio cuenta de que estaba en la bañera... todo había sido un sueño. Pero el más real que había soñado; despertó sobresaltado, y en sus manos encontró vestigios de la lucha encarnizada, dudó por unos segundos y se dio cuenta que en la mano tenía la red y el cuchillo que su padre le había entregado desde niño, volteó hacia la derecha sobresaltado por el silbato de una embarcación que se acercaba, todos sus pensamientos se agolpan en la cabeza. Si doy la espalda a la bestia para nadar al navío salvador, seré presa fácil. No tengo opción. Debo luchar hasta que esté abordo. Decidió enfrentar a la bestia hasta ganar, o morirse en el intento, había llegado el momento de ver de que estaba hecho, y si todo en ese momento sabia que el miedo sería su aliado o su peor enemigo en ese instante y decidió atacar. Atacar sin misericordia. Enfrentar sus ataduras, los temblores que sentía desde tiempo atrás, justo el día que abandono su vocación de sacerdote, por seguir a aquella hermosa judía de ojos azules, era el momento de dejar todo y forjarse un nuevo futuro.

Pero antes, había que destruir a esa bestia emanada de lo mas profundo del infierno, si no el fin de su vida sera evidente. Para ello tenía que actuar rápidamente. Tomó con fuerza el cuchillo y se lanzó sobre la bestia, clavándolo en su enorme herencia de seres frustrados. Sus antepasados ya habían purgado la condena. A él le tocaba elegir y seguiría a Lea.

Despertó, en la bañera había una botella de ajenjo vacía y frente a él la silueta de una mujer desnuda que terminó por despabilarlo --Chingao! Es lo malo de cenar pesado. Será mejor abrazarla antes que preguntarle su nombre, así podré... -¿Otro sueño húmedo, sargento? –pregunto Karina, que con sonrisa irónica escrutaba su ridícula y húmeda desnudez.
--Húmedas tendrás las narices! Páseme esa toalla y vístase, que hoy nos vamos a almorzar al puerto.-- Otra vez al puerto?--

Al puerto, donde esperaba Masiosare, su fiel compañero, aquel que le avisó de los motores, quien se encontraba haciendo alegres malabares con su cuchillo ucraniano, en espera de que la tropa de mercenarios terminara de estibar las armas, y Masiosare al ver a su amigo de tantos años con aquella bella mujer, recordó que era la misma que los había distanciado.

Después de esa noche de aguardiente. Incháustegui miró en los ojos de Masiosare al mismo monstruo, bajó la mirada y le dijo a Karina : ¿Así que por fin te decidiste por esta basura?,¿no decías que era un mal escritor y un pésimo amante?-- --¡Basta hijo de puta!. Además hay algo que debemos hablar, tuve el sueño de nuevo, y esta vez olí la sangre, como si estuviera sobre mí, clavándome las uñas y los dientes, sentía su mirada. Carajo tenemos que regresar. Karina lo vio como quien ve al pasado. Incháustegui, dijo, sigues sin recordar. Pero ahí está tan claro, como la mañana frente al mar. No puedo escapar a mi destino Karina, y lo he evadido demasiado. Tengo que enfrentar a la bestía, mi bestia, aunque muera. Esa bestia, que cuando miro de frente a los ojos me sorprende y me arrastra hacia lugares tan desconocidos que me desconozco por...


Yo Borges leo el #tuitrelato en este tomo de la inmensa Biblioteca de Babel donde encuentro que falta tres personajes importantes por describir. Uno de ellos soy yo, el lector, el que los imagina a todos y los juzga. Los ama o los odia. El otro, llamado la bestia, aunque de acuerdo a la Enciclopedia Británica de 1913, era una langosta gigante. El tercero, que describe el autor: mi miedo. Si mi padre hubiera estado esa noche conmigo, ni mis hombres ni Lea hubieran tenido

Los tres personajes se miran confundidos. Karina pregunta son otros los que imaginan? O somos nosotros lo que los imaginamos a ellos? Nosotros somos dueños de su historia contestaron al unísono el Lector, la Bestia y el Miedo relamiendo la victoria sobre...


Mientras tanto, uno de esos 36 hombres que arribaron en la nave. Miraba lleno de envidia a su alrededor, estaba pensativo. Maquinaba el volver a pelear con los tres dueños de la historia. No podía fallar ahora porque era mucho lo que perdería, era el líder ahora. Cómo hacerse del tesoro que supuestamente Incháustegui había encontrado en alguno de sus viajes. Lo envidiaba de tal modo que si el saberse cerca de tierra, le atemorizaba y vigorizaba a la vez, el recordar que esa extremidad perdida fue por la cegadora luz que envolvió todo con dolor, atrapando mentes y cuerpos en esa espiral caótica que marcó el cambio de personalidad de ambos en el pasado.

Incháustegui miró de reojo a Karina. En su brazo, cerca del tirante de su vestido había una marca.La marca frenaba la pasión que sentía por ella, una luz le aclaro los pensamientos; la marca de la bestia la misma que en el atunero.

Ocurría en su mente, espacios, tiempo, bestia y amor de aquella mujer, todo conducía a tomar una decisión. Él simplemente optó por el amor. El miedo era más fuerte. Por eso la necesidad permanente de mirar al mar. Para no girar atrás y ver a los ojos las marcas del miedo que mata en vida si no se le respeta. Inchaustégi dio un paso adelante y dijo en calma: --vayan a casa; esta es mi guerra no puedo pedirles otro sacrificio, que sí alguien debe sufrir las marcas en su cuerpo he de ser yo, y la victoria ha de ser de todos.

Dicho esto, Inchaustégi apresuró a sus camaradas a retirarse para que pudiera enfrentar ese miedo que no le permitía pensar con claridad, rondaba por su mente a pesar de las ganas que tenía de estar con Karina y cumplir con ella, cumplir con él mismo y tal vez, sólo tal vez, dejar de ser eso en lo que nunca se quiso convertir y que hoy mira en el espejo.

Pero no puede dar marcha atrás. Él sabe que es muy tarde pero no se lamenta; todo lo que ha vivido tiene un objetivo que es dejar de ser la sombra de quien fuera su mentor, la sangre que los unía se había vuelto un pesado yugo que quería romper.

Incháustegui respiró profundo. Dudó un momento pero después tomó a Karina del brazo en el que tenía la marca, y le dijo --te reconozco, sé que eres esa bestia que me atormenta, en el fondo siempre lo supe. Karina se quedó en silencio.

Al momento, ráfagas de recuerdos en desorden le azotaron el alma. No podía perdonarse la traición y en sus sueños se dio cuenta de lo que sus palabras habían provocado; Karina había perdido su aura y sus ojos se habían convertido en el océano más negro y salvaje, nada quedaba de la judía de ojos azules y manos cálidas, ni siquiera los suspiros. Ni siquiera la certeza de lo que era real y lo que era una creación de su mente confusa, apasionada. Acaso la mujer que él moldeaba en sueños se esfumó. Aparecieron en su lugar el Lector y la Bestia. --Sólo quedamos dos, ¿con quién quieres luchar?-- ¿Luchar? ¿Por quién? ¿Para qué? He perdido mil batallas, hoy sólo soy un nombre embarrado de ceviche en la agenda de alguien.

Ni la bestia ni el lector me quieren como adversario. Ya lo único que hago es reírme de mí mismo y de la condición antisemita que por herencia de mi padre he llevado casi a hurtadillas, pero con orgullo y así, cargando una hipotética cruz a mis espaldas. Abro los ojos un instante, miro el cuarto moderno y gente a mi alrededor, soy conciente de ambas realidades que me aíslan del mundo. Toma el cuchillo que lleva en el cinturón y medita, en ese momento se escucha un ruido detrás que lo hace sudar. Esta vez no es miedo es excitación ante lo inevitable, sabe lo que se aproxima, piensa que el cuchillo pesa mas que que el cabrón que lo está viendo, que lo ha seguido, siempre. Se escucha un grito ensordecedor que lo hace vacilar y temblando Incháustegui clava el cuchillo en Masiosare mientras aparta a Karina quien trata de impedirlo. Ella lo mira impávida.


Un torbellino revuelve las páginas. El lector suelta el libro. No es el viento lo que le asusta, sino el dolor en su vientre, la sangre tibia que recorre su cuerpo frágil y la sensación de un último suspiro que no termina por llegar... se aferra con dolor. Ese dolor que adivinó en la piel, la mente y el alma de Incháustegui. Se dio cuenta que el dolor es la bandera universal del humano la herencia que nadie puede rechazar, lo que te hace igual que tu enemigo. Ya en el suelo, alcanzó a ver. Es la Bestia, ha cambiado, sintió una especie de déjà vu. Cree reconocerla y ya desparecido el miedo comprende que sigue la lucha, así que se apresura en alcanzar el libro, pues a pesar del dolor tiene que continuar.

Masiosare se agachó sobre el cuerpo dormido de Karina. Le arrancó la parte superior del vestido,y así pudo ver la marca completa: un extraordinario vértigo lo regreso a la cama del hospital en que se debatía entre la vida y la muerte. Su final estaba cerca, lo sabía. Ahí recostado, sin abrir los ojos, estiró los brazos queriendo descubrir a Karina frente a él, no logró sino abrazar el vacío. Sintió que el vacío también se apoderaba de él, que lo engullía como al perderse en el mar en una noche oscura, sin embargo aunque parece brillar la desgracia, milagrosamente se torna en buena fortuna y una tremenda nostalgia lo atrapó. Lo trasladó hasta aquel pequeño pueblo en el que, siendo apenas un niño, se dejaba llevar por...

Cuando el tiempo es de los dioses el movimiento es de los astros, con ese buen recuerdo vio a su alrededor percibiendo su ausencia, la muerte lo acechaba. Mas no se rendiría fácil, en su interior moraban la potencia de las olas y el indómito mar. Se irguió pues todo completo, tomó con la mano un bastón, y con su aliento dos respiros, dio un paso que parecía eterno, como aquel instante en que apuñaló al farero, amante de Karina. El farero, en contubernio con Tritón, le mandó al Leviatán que lo acechaba, la culpa.

Muy debilitado para seguir peleando por su vida, Inchaustegui, comprendió la trampa que los 36 hombres del atunero le tendieron. Recordó aquel juramento que se hizo la primera vez que sintió miedo: moriría luchando. Su mano diestra buscó el arma, pero al momento de empuñarla comprendió que los hombres planearon la pelea con M, su amigo, el lector por quien seguía a pesar de todo, luchando, en esa su historia. Laberinto del que aún no sabía cómo saldría y una nueva fuerza lo poseyó, apretó el arma y de repente se paró y una fuerza descomunal, lo poseyó. La cual provenía directamente de las entrañas del mar. Levanto su mirada y ahí estaba el lector,a quien en realidad debía enfrentar, no había marcha atrás, era hora de la verdad, tenía que dar el primer golpe, olvidarse de la misericordia, -quién la había tenido con él?-

El Lector cerro el libro. Ya no tenia intención de continuar la lectura, lanzo el libro a la chimenea.
¿Cómo vencer al lector? lo adivinó, le describió a la bestia y le proyecto su miedo. Sin el lector, la historia era suya.

Sí suya, el tuitero manda a la jodida al lector y sus fobias, decide regresar a la cama y soñar con Icháustegui su héroe. Apareció Ichaustegui sujetando a la bestia por el cuello. ¡Su cabeza no merece un cuerpo! El miedo quiere un rostro, no quiere más de cien tratando de demostrarle que no hay que temer, que si se unen podrán derrotarlo y vencer a las bestias. Poco a poco, aún en la oscuridad del sueño distinguía un rostro que aunque familiar, no lograba atinar su nombre.

Era Karina, tal como era antes, sin El Miedo que la engullía. Se creyó victoroso al darse cuenta que lo miraba y le sonreía fijamente. Ahora lo comprendía todo, los tres personajes siempre habitaron en ella. A cada una de sus pieles había traicionado y alimentado. Al apuñalar a La Bestia que le habitaba resucitó su femineidad que...

--Sr. Incháustegui soy Karina su Psiquiatra, la sesión de hoy mejoró, le recomiendo comer su ensalada , aún me quedan 36 pacientes.--

Era con Karina su anhelo de felicidad, misma que no creía merecer. Por fin comprendía, su peor enemigo era él mismo y abrazándola dijo: se han ido los demonios y la niebla ha desaparecido, sólo queda mi cuerpo y tu belleza que juntos forman un cadáver exquisito.

1 comentario:

  1. Me gusto mucho el ejercicio pero hay algo que no me termina por convencer de todo esto.
    Un fuerte abrazo para todos los participantes.

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